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Opinión : En defensa de la cultura
Enviado por letrascanarias el 13/3/2010 5:00:00 (82 Lecturas)

Decía C. S. Lewis que “leemos para saber que no estamos solos”. No sé si en Canarias, con el auge editorial de los últimos años, se leerá más, pero lo que sí es casi seguro es que quien lea, lo hará en soledad. Pero no solamente porque la lectura conlleve ese estado de retrospección tan difícil de conseguir en un medio acelerado como el nuestro, sino porque en Canarias la lectura —y por extensión, la cultura— es cada vez más una actividad relegada a una minoría. Y cuando hablo de minoría no me refiero a una élite social que pueda pagarse una entrada de zona “vip” en el Auditorio de Tenerife o en el Alfredo Kraus, (y que finalmente también podrían lucir sus coches y pieles al salir de misa). Me refiero a la minoría que vive en y por el arte, a los que consideramos la literatura, el teatro, la danza, la pintura, la fotografía, el cine… como una forma de conocer e intentar explicar el mundo, tanto desde el punto de vista de la persona que crea como desde quien recibe esa creación y se interrelaciona con ella.

Claro que se trata de un fenómeno mundial: la cultura siempre estuvo y estará a la cola, pero llama la atención cómo en otros países o en el resto del estado español ha habido etapas de gran actividad artística, con numerosas figuras cuyas obras nos siguen emocionando, y sin embargo en Canarias dichos momentos o no han existido o han pasado totalmente desapercibidos. Sin irnos muy lejos, la época del surrealismo y Gaceta de Arte pudo significar un giro radical en la historia social y cultural de las islas, pero no se le dio la importancia indispensable para que pudiera sobrevivir, ni siquiera después de la dictadura franquista.
Al contrario, parece que para lo único que ha servido es para tener un nombre —en este caso, Óscar Domínguez— que sacar como estandarte, como blasón de una idea de cultura elaborada desde los centros de poder y que, como tantas veces, se vacía previamente de contenido para su exclusivo uso comercial. Idéntica estrategia se ha estado utilizado ya con Viera y Clavijo, quien injustamente tuvo que pagarse, en su época, la primera edición de su famosa Enciclopedia, porque no encontró apoyo institucional.

La indolencia con la que se ha tratado a la cultura durante toda nuestra historia ha sido tremenda, respondiendo aun hoy a un sistema caciquil y caudillesco basado casi exclusivamente en la imagen que repercute en el pueblo y no en la propia creación artística. Por eso nunca ha existido, prácticamente, una programación cultural que haya podido generar un hábito, puesto que desde siempre se ha tratado de mantener a nuestro pueblo en un estado de analfabetismo funcional que, unido a un profundo sentimiento de inferioridad, evitase cualquier tipo de revuelta. Por eso las actividades culturales de mayor calidad se realizan cada vez más para una élite —repito: no siempre letrada— con el nivel adquisitivo suficiente, dejando otras de menor rango o de gran concentración de masas para el resto, en ambos casos, eso sí, con una intención mercantilista por encima de la cultural. Entiéndase, además, que cuando se habla de “actividades culturales de mayor calidad” muy pocas veces se refiere a una producción realizada por creadoras y creadores canarios, salvo que éstos hayan realizado su labor fuera del Archipiélago y tengan algún tipo de repercusión mediática.

Toda esta situación de contexto nos pone en antecedentes para entender lo que está sucediendo actualmente en nuestras islas. El panorama, como en tantas ocasiones, es desolador: por un lado, nos encontramos con numerosas infraestructuras —valga la redundancia— infrautilizadas (teatros cerrados durante años, auditorios utilizados una o dos veces al mes, salas de cine olvidadas, paraninfos sin programación continuada, centros culturales convertidos en cibercafés, bibliotecas municipales sin ningún tipo de animación a la lectura, etc.); por otro, con la indolencia institucional para realizar un programa cultural fijo y dotado de contenido, que permita a un tiempo la producción de unos hábitos culturales y el desarrollo del arte, en sus diversas categorías. Precisamente, la inexistencia de esta programación y de este hábito hace posible que desde los centros de poder se relegue al olvido, inmediatamente, cualquier manifestación artística que se salga de sus estrategias. Seguramente no será difícil traer a la memoria ejemplos como el Festival de Teatro de las Nacionalidades, el Festival de Cine Ecológico, etc., en donde la cultura parecía empezar a florecer, en contacto directo con otras experiencias venidas de fuera. De más está decir que mantenemos ciertos encuentros anuales, como el Womad, el Festival de Música de Canarias, el Festival de Cine de Las Palmas, el Festivalito de La Palma, etc., que, sin embargo, no son suficientes y muchos de ellos ya están advirtiendo los primeros síntomas de su desaparición.

Tales rupturas de continuidad suelen venir justificadas, como ya sabemos, por razones de índole económica que ocultan otras de diferente naturaleza y sobre las cuales podríamos hablar en numerosos artículos. En la actual coyuntura social y económica no es preciso, por tanto, buscar nuevos discursos para desarticular las pocas propuestas culturales que nos quedan, sobre todo si tenemos en cuenta que el ocio ha sustituido al arte como factor de entretenimiento, despojándose el primero de cualquier ápice de enriquecimiento anímico. En este sentido, teniendo las formas de ocio centralizadas en el uso de las nuevas tecnologías y el comercio, poca o ninguna importancia deberá tener, por ejemplo, que el Puerto de la Cruz se haya quedado con una oferta cinematográfica de calidad como la que tenía, sin olvidarnos de lo que había significado las actividades de MUECA en los últimos años. Supongo que también podremos prescindir, por ejemplo, del único suplemento cultural y científico de calidad de la provincia de Tenerife, como era el 2C, desde el cual se había ido creando una pequeña conciencia crítica y de conocimiento de lo que se produce dentro y fuera de las islas; o de las entrevistas que las páginas de algunos periódicos habían recogido con bastante repercusión, realizadas tantas veces de manera altruista.

Debe ser eso, debe ser que ya ni siquiera lo altruista tiene su lugar entre nosotros, porque tal vez no resulte creíble que una persona quiera hacer algo, nunca mejor dicho, “por amor al arte”. Pero resulta que sí, que en Canarias somos muchas y muchos los que amamos el arte, y vivimos por y para él —incluso sin rédito económico— porque como decía Michael Ende, “cuando ustedes regresan de un buen concierto, no ha aumentado su inteligencia, pero han tenido una experiencia que ha restablecido su totalidad, en ustedes ha sanado algo que antes estaba perturbado, separado”. Es probable que las oportunidades para “restablecer nuestra totalidad” estén desapareciendo una a una, bajo el inmenso cielo azul que nos vincula, sobre el mar que nos cerca y nos mantiene aparentemente unidos, y al final quede sólo el silencio, mudos ya, vacíos de palabras.

Artículo de Maiki Martín Francisco.

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